Polinesia
Esta es la idea que todos tenemos de la Polinesia:
Pero no es oro todo lo que reluce.
La Polinesia Francesa es cara. Desmesurada y ridículamente cara. No tenemos muy claro que merezca la pena tragarse tropecientos mil quilómetros para llegar hasta allí y descubrir que no te puedes comprar ni el periódico.
Casi todo el mundo asocia la Polinesia a una especie de paraíso terrenal. Eso creíamos nosotros hasta que llegamos allí y nos dimos cuenta de que, a no ser que tengas cantidades ingentes de dinero, lo que puedes conseguir, aun haciéndote un buen roto en el bolsillo, es de lo más mediocre.
La relación calidad-precio en estas islas es de risa. Veamos algunos ejemplos:
Llegamos por la noche a Papeete, capital de Tahití, principal isla de la Polinesia Francesa. Como no queríamos gastarnos 30€ en un taxi que tarda 5 minutos en llegar al centro de la ciudad, buscamos una pensión cerca del aeropuerto para dormir. Más que una pensión parecía un campo de refugiados. La gente dormía en hamacas en el jardín, en los sofás y en el suelo, con las maletas a modo de mesilla. Al abrir la puerta del baño, cuatro cucarachas corrieron a resguardarse. Nos querían cobrar 60€ por una habitación mugrienta, y con la condición de no utilizar el baño para no despertar a la gente que dormía desperdigada por el suelo. Según nos aseguraron varias personas, ese era el precio más asequible que podíamos conseguir en toda la ciudad. Visto el panorama, decidimos escapar de allí e irnos a dormir a un lugar más acogedor: el aeropuerto.
Comfortable suite en el aeropuerto.
Rápidamente salimos de Papeete, una ciudad fea y ruidosa, y nos dirigimos a otra isla más tranquila y bonita, de estilo “Robinson Crusoe”: Moorea. Allí estuvimos en un par de alojamientos que nos costaron un ojo de la cara y que nos ofrecieron los siguientes lujos: agua fría, WC sin taza para sentarse, falta de enchufes, suciedad a raudales, cocina compartida con gallinas por las mañanas y cucarachas por las noches…
Tampoco es que seamos unos finolis; estamos acostumbrados a dormir en lugares que como mínimo se podrían llamar cochambrosos, pero lo que nos da rabia es que por algo así tengamos que pagar un precio descabellado.
Otro descubrimiento: no es que abunden las playas de arena blanca y agua azulada. Para encontrarlas hay que irse a los motus (islas de arena) que suele haber rodeando las islas principales. Como normalmente no se pueden alcanzar a nado, hay que alquilar un bote para llegar hasta ellos. La mayoría de las playas de las islas principales son muy estrechas y cortas, y el agua no cubre hasta mucho más arriba de las rodillas. Además, normalmente no es posible nadar porque están llenas de coral, algas y babosas.
Playa de nuestro primer alojamiento en Moorea.
La misma playa vista desde dentro del mar.
Si estás forrado y te salen los billetes por los bolsillos, puedes alojarte en un bungalow sobre el agua. Sólo tienes que sacar de tu abultada cartera como mínimo 500€ por noche (comidas aparte). Si te aprietas el cinturón o vendes tu Rolex de oro, a lo mejor te puedes tirar allí una semana.
Aquí hay que rascarse el bolsillo: 900€ por noche.
Beachcomber Resort.
Si eres modestito, te puedes alojar en un bungalow más corriente. Algo de lo más ramplón se puede conseguir a partir de unos 120€ por noche. ¡Y hasta con agua caliente, según los anuncios!.
Japón por ejemplo es muy caro, pero a cambio obtienes una calidad excelente en todo. En la Polinesia, por el mismo precio, todo es sorprendentemente cutre.
Nuestra intención era volar a Maupiti, una isla en la que los habitantes decidieron prohibir los resort y que mantiene un aire más auténtico que Moorea, Tahití o Bora Bora. Pero el billete de avión era demasiado caro. Es más, la Polinesia Francesa es tan cara que tuvimos que adelantar la fecha de nuestro vuelo para no caer en la bancarrota. Eso mismo le pasó a varias de las personas que conocimos allí.
Pero no todo es negativo. También es verdad que en Moorea puedes encontrar lugares maravillosos como estos…




Mujeres pescando frente a un motu.
Playas de Moorea con la isla de Tahití al fondo.
















































